lunes, 29 de junio de 2015

AL SERVICIO DE PODEMOS

En los días previos a las elecciones del pasado 24 de mayo, el “otro” Pablo Iglesias lanzó un mensaje extraordinariamente claro a todos los socialistas. Y no se han dado por enterados ni Pedro Sánchez, ni una buena parte de los miembros que integran el Comité Federal del PSOE. Cuatro días antes de las elecciones pasadas, en un acto público celebrado en la plaza Claudio Moyano de Zamora, después de congratularse por ser nieto de unos socialistas que votaron con mucha ilusión en 1982, no dudó en afirmar que “los socialistas de corazón van a votar morado. Bienvenidos a casa, compañeros”.
En Zaragoza, al día siguiente, el líder de Podemos reclama para su formación política el voto de los que, en realidad, son “socialistas de verdad”, a los que vuelve a dar la bienvenida, porque, según dice, van a votar morado. Y va aún más lejos y, dirigiéndose directamente al PSOE, acusa a  Pedro Sánchez y a sus gentes de “haber dejado de ser el partido de la gente corriente”. Según Pablo Iglesias bis, el PSOE actual no se parece en nada  al de 1982, ni al de la Transición. Y después de insultar gravemente a distintos miembros del Partido Popular, dijo que Podemos "no gobernará para todos, porque no puede gobernar igual para quien desahucia que para el desahuciado".
Y Pedro Sánchez, que confunde frecuentemente la oportunidad con el oportunismo, piensa erróneamente que, pactando con Podemos, disimula mejor su estrepitosa derrota en las urnas y acelera así su ansiado desembarco en La Moncloa. Y realmente no es así. Con semejante pasteleo, el secretario general del PSOE conseguirá, eso sí, alguna migaja más de poder territorial, pero perderá una buena parte de sus posibilidades de cara a las próximas elecciones generales. Con su apoyo indiscriminado a las formaciones populistas, se arriesga a que el partido socialista de España termine quedando compuesto y sin novia, y que, como en Cataluña, en Baleares y en Galicia, pase a ser una fuerza política meramente residual. De ser un partido de Gobierno, convertirse irremediablemente en un partido bisagra.
El actual líder del PSOE comete un error monumental al aceptar voluntariamente las condiciones impuestas por Podemos y que termine regalándoles alcaldías tan importantes como la de Madrid y Valencia. Y todo a cambio de alguna que otra autonomía y unas pocas alcaldías de segundo orden. Le ciega el sectarismo y no ve que, en casi todas las grandes ciudades,  el partido socialista ha sido víctima propiciatoria de Podemos y del resto de plataformas de izquierda,  pilotadas todas ellas, faltaría más, por las huestes de Podemos. 

sábado, 21 de mayo de 2011

ZAPATERO EN EL MITIN ELECTORAL DE GIJÓN

En los mítines socialistas, de cara a las elecciones del 22 de mayo, todos los que se suben a la tribuna siguen fielmente la consigna de acusar al Partido Popular de pertenecer a la extrema derecha. Y también le acusan, faltaría más, de utilizar el terrorismo para obtener infamantes réditos electorales. Y el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en sus intervenciones allí donde le dejan,  sigue al pie de la letra ese esquema ideado indefectiblemente por José Blanco o por Alfredo Pérez Rubalcaba. No en vano son los dos estrategas máximos, que se encargan actualmente de marcar las pautas que deben seguir los socialistas.

El pasado día 8 de mayo Rodríguez Zapatero se acercó a Gijón para echar una mano a sus cofrades socialistas asturianos. Comenzó su mitin, como suele ser habitual en él, dando prácticamente por supuesto que el bienestar social es una de las conquistas maravillosas del socialismo y que, gracias a su paso por La Moncloa, recibió el mayor impulso de su historia. De ahí que repitiera, una y otra vez, que nunca había habido en la democracia española una política social tan consistente, tan profunda y tan duradera como ahora. Para preservar estos logros sociales, hay que cerrar con decisión el paso al Partido popular. Si ganara este partido, advirtió reiteradamente, desmantelará el estado de bienestar social.

En Gijón, no hizo como en Santander dos días más tarde, cuando montó en cólera y llamó bellacos a los que cuestionaban los avances sociales durante su paso por el Gobierno y le acusaban de haber hecho, en ese terreno,  los recortes más amplios en la historia de nuestra democracia. Aquí se mostró mucho más comedido. Y es que, por su planetaria incompetencia, el PSOE se va quedando sin los argumentos tradicionales que venía utilizando descaradamente desde los tiempos de Felipe González. Ahora ya no pueden acudir al socorrido ‘que viene la derecha’.  Y la consecuencia inmediata de la llegada de la derecha, según decían, era la reducción importante de las pensiones e incluso la eliminación de las mismas. Y reducir las pensiones, ya lo hemos visto, solamente lo ha hecho la izquierda.

Siguen metiendo miedo con la derecha, pero sin hacer referencia alguna a las pensiones. Para los socialistas y para el propio Rodríguez Zapatero, el Partido Popular se ha pasado a la extrema derecha. Siguiendo la consigna puesta en marcha para estas elecciones, Zapatero repitió varias veces y de distinta manera que el Partido Popular es "la derecha más a la derecha de Europa". Según confesó el presidente del Gobierno, en el pabellón de deportes de La Guía de Gijón,  “con este gobierno tenemos los niveles de protección social más altos que nunca; el PP cuando gobernó no hizo políticas sociales, ahora no las apoya y si gobernara iríamos atrás en políticas sociales… Esto no es un slogan ni retorica electoral, estos son los hechos”.

El leitmotiv de toda la campaña socialista es hacer ver la derechización extrema del Partido Popular. Es el argumento básico de Zapatero y de todos sus esbirros para que los ciudadanos nieguen su respaldo al partido de Rajoy. Las razones  aducidas por Zapatero no pueden ser más peregrinas, "porque ahora que no pido el voto para mí, -lo dijo de mil maneras-  tengo que decir que tenemos la derecha más a la derecha de Europa, que usa la lucha contra ETA en el combate político, que no respeta al Tribunal Constitucional y que no apuesta ni ha defendido nunca las políticas ni los derechos sociales". Es más. Han dicho hasta la saciedad que, si ganara el Partido Popular, privatizarían la Sanidad y la educación. Menos mal que, por esta vez, se han olvidado del famoso doberman.

Si el Partido Popular ganara las próximas elecciones, ha tronado Zapatero en Gijón, “empezará a desmantelar y a dejar en manos de actuaciones privadas” el estado de bienestar. Y añadió en el mismo tono de voz, sólo los socialistas “son quienes frenan y ganan a esta derecha”. Defiende la idea de que todo lo que hace el Gobierno socialista va encaminado a crear empleo. Por eso se ha optado decididamente  por las reformas laborales y por el sacrificio que estas comportan, pues “siempre que hay reformas hay que hacer sacrificios”. Y ha insistido sin tapujos y con el mayor descaro, que el desempleo en España es debido al modelo económico, puesto en marcha por el Partido Popular en 1996. Y para solucionar el problema que supone una tasa de paro tan elevada y salir airosamente de la crisis económica, no nos vale la vuelta  a las políticas del crédito fácil, tan utilizado en la época de Aznar.

Y termina su mitin acusando al Partido Popular de no arrimar el hombro, de no querer saber nada de las reformas que se precisan para revertir nuestra situación económica. Pero, según dice Rodríguez Zapatero, el Gobierno y el PSOE están dispuestos a poner en marcha ellos solitos las reformas que se precisen, porque  “tenemos a la derecha más a la derecha de Europa, que dice las cosas que dice y no apoya las conquistas sociales”. Finaliza su intervención pidiendo a los ciudadanos que voten al PSOE, “para defender el estado de bienestar que tanto nos ha costado desarrollar en este país”, y previniéndoles otra vez contra la derecha protagonizada por el Partido popular.

Eso de meter miedo con la derecha, se ha convertido ya en un mantra obligado para los socialistas. Y en realidad a quien de verdad hay que tener miedo  es a la izquierda, a esta perturbada izquierda española, que es la que rebaja los sueldos a los empleados públicos en primera instancia y después se los congela. A quien hay que temer es a esa izquierda irresponsable que no ha tenido miramientos con los jubilados y les ha congelado las pensiones. A quien hay que tener miedo es a esa izquierda insensata que hizo el mayor recorte de nuestra historia democrática por un lado y sigue despilfarrando millones de euros en subvenciones tremendamente disparatadas. Hay que temer a esa izquierda que acusa cínicamente al Partido Popular de privatizar la Sanidad y la educación, y después son ellos los que tratan de privatizar hasta la Lotería Nacional.

Gijón, 20 de mayo de 2011

José Luis Valladares Fernández

jueves, 19 de mayo de 2011

EVOLUCIÓN DEL PODER ADQUISITIVO

En el mitin central del PSOE andaluz del 21 de febrero de 2010, celebrado en el Palacio de Ferias y Congresos de la ciudad de Málaga, José Luis Rodríguez Zapatero se arrancó por soleares y, enarbolando la bandera de su política social, aseguró solemnemente que, a pesar de la crisis, no habría recortes sociales. La frase literal del presidente del Gobierno, que venía repitiendo una y otra vez con las mismas o parecidas palabras, no podía ser más clara: “Conmigo de presidente jamás habrá en este país recortes sociales. Los trabajadores no van a perder derechos en la reforma laboral”. 


No se si habría oído ya campanas, el caso es que adelantó a los asistentes a ese mitin su intención de poner en marcha un plan de “máxima austeridad”, pero dejando claro que no habría sorpresas, precisando que “lo vamos a  hacer bien, garantizando que el gasto social no se va a recortar”. Pues la debacle se veía venir. Y había pasado poco más del mes, cuando Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel le llaman  al orden y Rodríguez Zapatero se ve obligado a comerse las promesas lanzadas tan ligeramente. Fue en Bruselas, en concreto el 10 de mayo de 2010, cuando muy a su pesar no le queda más remedio que renunciar a su cacareado ideario.

Dos días después de ese durísimo fin de semana, el 12 de mayo  se debatía en el Congreso de los Diputados el Plan de recorte del déficit exigido por Bruselas para reducir en 15.000 millones de euros el gasto público. En ese debate, un reconvertido y desconocido Zapatero, con gesto adusto, plantea unas medidas extremadamente duras, anunciando el mayor recorte social de nuestra historia democrática. Y para meter mano al gasto público, huye de cualquier medida efectiva y acude a lo que le resulta más fácil, como es recortar el salario a los trabajadores públicos un 5% desde junio de 2010 y congelárselo para todo  el año 2011. Con las pensiones ocurre algo muy parecido, y tampoco van a ser revalorizadas, como era preceptivo, durante todo el año 2011. Y ya metidos en harina, decide también reducir 6.045 millones en obra pública y continuar con el costoso e inútil Plan E.

Este tijeretazo, presentado ahora hace un año por José Luis Rodríguez Zapatero, está teniendo permanentemente consecuencias nefastas en el bolsillo de los funcionarios y de los pensionistas. Tanto los trabajadores del sector público como los jubilados están sufriendo ya en sus carnes los lamentables efectos de un deterioro importante de su poder adquisitivo. Ese inoportuno tijeretazo, tremendamente polémico, ya causó un daño importante en la economía de esos colectivos, y eso que la inflación de entonces estaba en un limitado 1,5%. Ahora se han complicado aún más las cosas, ya que se han disparado exageradamente los precios. Y lo que es peor, se consolida, de manera muy peligrosa, esa tendencia ascendente iniciada ahora hace un año. La mayoría de los analistas económicos, entre los que se encuentra  FUNCAS, avisan de que el índice de precios acabará el año en un 3,5% por lo menos. Y muchos están ya hablando de una escalada hasta el 4%.

Que alguien diga que esto es un recorte social en toda regla, pone histérico a José Luis Rodríguez Zapatero. Ahí está su mitin del pasado de 11 en Santander cuando desencajado gritaba: “Proclamo y afirmo que miente como un bellaco el que diga que hemos hecho recortes y que ha retrocedido el bienestar social”. Y es que el presidente del Gobierno, acostumbrado a cambiar a su antojo el significado originario y auténtico de las palabras, no sé cómo llamará a ese deterioro tan brutal del poder adquisitivo de muchos millones de personas. Son muchas las familias que sufren los efectos de este recorte radical, lo que limita su posibilidad de allegar recursos suficientes para cubrir adecuadamente  sus gastos cotidianos más elementales. 

Los pensionistas pierden poder adquisitivo, prácticamente desde el primer año de jubilados, aunque se cumpla al pie de la letra lo acordado en junio de 2006 en el marco del Pacto de Toledo. Y es que los jubilados, de los artículos que forman parte de la cesta de la compra, utilizados para determinar el coste real de la vida, solamente consumen los productos más inflacionarios, como son los alimentos, el gas y la electricidad. Ahora, a ese deterioro gradual del poder adquisitivo, hay que sumarle íntegramente las subidas de precios de todo el año 2011,  y que, según todos los indicios, pueden dispararse por encima del 3,5% indicado.

Y si los jubilados lo tienen muy mal,  los funcionarios lo van a tener aún peor. El Gobierno ya les recortó su salario un 5% de media y, por si esto fuera poco, les congeló el sueldo durante el año 2011. Como las pagas extraordinarias van a ser reducidas, al menos en un 50%, el recorte real que van a sufrir en sus haberes va a superar el 8% ampliamente. Y esto, en el mejor de los casos, pues ya se habla de que los trabajadores públicos van a sufrir otro ajuste salarial, eliminando incluso hasta las pagas extraordinarias de junio y de diciembre. En ese caso, el recorte salarial sería aún mucho mayor.

Con estas medidas que afectan de lleno a los funcionarios y a los pensionistas y que Rodríguez Zapatero se niega a reconocer como recortes, los salarios de unos y las pensiones de los otros han sufrido un amplio deterioro en cuanto a su poder adquisitivo. Por lógica esos sueldos disminuidos y esas pensiones estancadas valen ahora mucho menos, ya que los productos de la cesta de la compra cuestan cada vez más. Así que los funcionarios o trabajadores públicos pueden haber perdido hasta un 20% de poder adquisitivo en menos de un año y los pensionistas rondarían el 10%. De esta manera el poder adquisitivo de los españoles, se sitúa evidentemente por debajo de la media de la Unión Europea y bastante por detrás de otros países que para nosotros nos sirven de referencia como es el caso de Italia, Francia o Bélgica. 

No se si Zapatero ha tenido que tragar mucha saliva o no, para recortar tan drásticamente los salarios de los funcionarios y congelar las pensiones, cosa que nadie, hasta ahora, se había atrevido a hacer. Contrasta esta toma de decisiones con su actitud de 2008, cuando se le pedía un mínimo de austeridad para hacer frente a la crisis que ya comenzaba a hacer estragos. Afirmaba entonces  que el Gobierno no era “partidario de esa constricción del gasto porque afectaría a la retribución de los empleados públicos, a la necesidad para las pensiones mínimas y al desarrollo de la ley de Dependencia”. Y así, hemos llegado a este final desastroso de una gestión política y económica tremendamente lamentable.

Gijón, 15 de mayo de 2011

José Luis Valladares Fernández

domingo, 15 de mayo de 2011

PREOCUPANTE EVOLUCIÓN DEL PARO

Los venturosos augurios sobre el comienzo de nuestra recuperación económica y el inicio de la creación de empleo, repetidos una y otra vez por José Luis Rodríguez Zapatero y coreados incansablemente por los distintos miembros de su Gobierno, más que cuajadas realidades, son terribles falacias que cada vez descorazonan más a los verdaderos paganos de la crisis. Los datos del paro, siempre en ascenso, son extremadamente preocupantes y ponen de manifiesto el fracaso de las distintas medidas adoptadas por el Ejecutivo, incluida la supuesta reforma laboral, tan entusiásticamente vendida por Zapatero y por sus adláteres.

De los dos métodos que hay para determinar el número de desocupados en España, el Gobierno utiliza más el del paro registrado en los servicios públicos de empleo, por que se presta mejor a los enjuagues para camuflar parados y dulcificar así la crueldad de los datos reales. Es lo que ha hecho ahora Rodríguez Zapatero, eligiendo los resultados de las personas inscritas en las oficinas del paro, después de haber sido convenientemente cocinados por el Ministerio de Trabajo. De ahí  ese inoportuno optimismo del presidente del Gobierno que, al finalizar el mes de abril, afirmó que  los datos del Instituto Nacional de Empleo (INEM) posiblemente avalen las previsiones que tiene el Ejecutivo de crear empleo neto en la segunda mitad del año. El paro, según esto, habría tocado techo.

Mientras que el paro registrado recoge exclusivamente el número de demandantes de empleo que se han inscrito  en los registros de las oficinas de empleo, los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), que elabora el Instituto Nacional de Estadística son un reflejo, mucho más fiable, de la evolución del mercado laboral. Pues hay que tener en cuenta que se trata de una encuesta trimestral dirigida al conjunto de las familias españolas. Su finalidad principal es obtener datos fiables de todos los ciudadanos en edad de trabajar, indicando su situación real con respecto al mercado de trabajo, tanto si están ocupados y activos, como si están parados o inactivos.

La evolución del trabajo a lo largo del primer trimestre de 2011, según los últimos datos de la EPA, es auténticamente catastrófica, ya que se alcanzaron los 4.910.200 parados, el nivel más alto de desempleo desde 1997. La desocupación en esos tres primeros meses de este año llegó al 21,3% de la población activa, un punto más que en el último trimestre de 2010. Evidentemente estos datos son mucho más negativos que los ofrecidos por las oficinas de empleo, según las cuales, el volumen total de desempleados, a finales del pasado mes de abril, sería de 4.269.360. Esta cifra tiene más que ver con los deseos del Ejecutivo que con la cruda realidad de los hechos.

Durante el primer trimestre de 2011, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, se volvió a destruir empleo, ya que la ocupación registra un descenso de 256.500 personas, hasta un total de 18.151.700 ocupados. Lo que nos da  una tasa interanual de variación del empleo del -1,31%. El número de desocupados de este trimestre asciende a los 213.500  que,  agregados a los que venían de atrás, nos da la brutal cifra ya conocido de 4.910.200 parados y una tasa de paro escalofriante de prácticamente el 21,3% de la población activa. En el mismo periodo de tiempo, los parados de larga duración aumentaron en 60.100, un escandaloso 2,93% más, acumulando ya un incremento de 427.000 desempleados en el último año. También repuntó el paro en el colectivo de los que buscan empleo por primera vez, hasta alcanzar los 17.000 desempleados más. Durante los últimos doce meses, los parados sufrieron un aumento de 297.400 personas más.

Y si es tremendamente crudo el dato de los 4.910.200 parados, es más sangrante aún, por lo que tiene de drama, el número de hogares con todos sus miembros activos en paro que, en el primer trimestre de 2011, aumenta en 58.000, hasta llegar a la alarmante suma de  1.386.000, lo que significa un 4,37 más que en el trimestre anterior. Durante todo el año anterior, ese incremento fue  de 87.500 hogares,  lo que hace un 6,74% más. Al mismo tiempo, durante los tres primeros meses de 2011, se redujeron en 154.600 los hogares con todos sus miembros ocupados. Esa reducción fue de 129.000 hogares durante todo el último año.

Si comparamos  los datos de la EPA del primer trimestre de 2011 con los aportados para ese mismo período de tiempo por Eurostat, quedamos francamente muy mal. La tasa de paro en la Eurozona, al finalizar marzo, era del 9,9%. Y si nos referimos a los 27 países que componen la Unión Europea, la tasa de paro queda en el 9,5%.  En ambos casos, no solamente batimos el record, sino que doblamos ampliamente esa tasa de paro. Los países europeos con menor tasa de paro fueron Holanda con el 4,2%, Austria con el 4,2% y Luxemburgo con el 4.5%. Hasta Lituania (17,3%) y Letonia (17,2%) tienen una tasa de paro significativamente mejor que la nuestra.

Es verdad que el Gobierno ve indicios de recuperación por todas partes, pero los datos reales que podemos constatar son todos tremendamente negativos.  El desempleo en España aumentó en todos los sectores, sobre todo en el sector servicios donde se llegó  a los 94.700 parados. Le siguió industria con 21.200, agricultura con 17.200 y el sector de construcción con otros 3.300 parados. Los trabajadores por cuenta propia, entre los meses de enero y marzo de este año, disminuyeron  en 59.300 personas, con lo que el número total de empleados por cuenta propia no pasa de los 3.024.800 trabajadores. Y no digamos nada de los jóvenes, entre los que se registran las cifras más altas de desempleo, con un paro al finalizar marzo del 44,6%, tres décimas más que en febrero. 

Hay además otro dato, tan preocupante o más que los casi cinco millones de parados. Este dato, aunque no aparezca reflejado en la Encuesta de Población Activa, va a limitar necesariamente la capacidad de crecimiento de la economía española. Pues, tal como se inició hace ya tiempo,  sigue cayendo continuamente el número de personas activas, el de asalariados del sector privado y también el número de empresarios. Por otro lado, y a un ritmo nada despreciable, están creciendo los funcionarios o trabajadores del sector público y las llamadas clases pasivas. Lo que ocasionara indefectiblemente que el sector productivo español sea cada vez más pequeño y menos competitivo, ya que cada vez hay más gente que vive de los impuestos o de los sueldos de otros.

Gijón, 9 de mayo de 2011

José Luis Valladares Fernández

domingo, 2 de mayo de 2010

LA ASTURIAS IDÍLICA DE TINI ARECES

Como casi siempre, una cosa es la propaganda y otra muy distinta la realidad.. Y la realidad, que además es tozuda e insobornable, deja en mal lugar a los voceros de esa propaganda. Para el gobierno de Asturias, el hecho asistencial al Mayor en esta Comunidad, sería inmejorable y no tendría parangón en ninguna del resto de las Comunidades de España. Pero la realidad es muy distinta, tal como indica el último Informe del Imserso de 2.006 sobre Personas Mayores. Y si, a la vista de este Informe, nos comparamos con otras Comunidades, quedamos en bastante mal lugar.

Para empezar, Asturias queda muy lejos de la media nacional en casi todas las prestaciones que se ofrecen a los mayores. Únicamente en oferta residencial igualamos la media, pero sin pasar de una sola plaza por 25 personas mayores. El Principado es una de las regiones más envejecidas de España, ocupando el segundo lugar detrás de Castilla y León. El porcentaje de personas mayores de 65 años en Asturias alcanza el 21,9 %, detrás de Castilla y León que llega al 22,6%. Pero, de seguir la progresión actual en el aumento de la tasa de personas mayores, no tardaremos muchos en sobrepasar a la Comunidad de Castilla y León.

Según el Informe citado, un 90 % de las personas mayores viven en sus propias casas, opción que ninguna de esas personas quiere abandonar voluntariamente. Y como se trata de personas mayores de 65 años, muchas de ellas necesitan que se las ayude en su propio domicilio. La media alcanzada en España en este tipo de cobertura asistencial, alcanza una tasa del 4,09 %, tasa francamente insuficiente. Y Asturias se queda aún más corta. Con 9.102 usuarios de la ayuda a domicilio, no pasa del 3.85 %. Castilla y León, por ejemplo alcanza una tasa del 4,13 % de las personas censadas.

Debemos tener en cuenta además, según dicho Informe, que 1 de cada 5 de estas personas viven solas, lo que origina una nueva necesidad, la teleasistencia. Y Asturias tampoco aquí alcanza la media nacional, situada en una tasa exigua del 3,5 %. Y el Principado, en este tipo de cobertura, se queda en un pírrico 2,44 %.Y no hablemos de los centros de día, que marcan un importante déficit en nuestra comunidad. Asturias, a principios de 2.007, contaba con 1.158 plazas en los diversos centros asistenciales, con lo que se cubriría solamente un 0,45 % de las necesidades.

Y si atendemos a las personas dependientes, los datos no son más optimistas. El número de personas que sufren una falta de autonomía personal es francamente más alto que lo reconocido por los organismos correspondientes. Sabemos que unas 5.469 personas de las 9.102 que son usuarias de los domicilios, son personas dependientes en mayor o menor grado. También lo son al cien por cien las 1.158 que utilizan habitualmente los centros de día habilitados en el Principado. Es de esperar que ahora, con la nueva Ley de Dependencia, se haga una contabilización pormenorizada, y más acorde con la realidad, de las personas que realmente son dependientes.

Solamente hay un dato que mejora la media nacional: el número de plazas geriátricas de que disponemos. Asturias cuenta con 2.975 plazas públicas, 639 concertadas y 5.962 privadas. Con este total de 9.576 plazas, el Principado cuenta con una cobertura del 4,09 % frente al 4 % de la media nacional. Esto supone una disponibilidad de una habitación por cada 25 personas de más de 65 años. Claro que si nos comparamos con la comunidad vecina de Castilla y León, también quedamos en desventaja, ya que aquí disponen de una plaza por cada 16 personas mayores.

Todos estos datos desmientan la propaganda institucional, que trata de hacernos creer que las personas mayores disponen de la mejor prestación de servicios posibles. Esta prestación de servicios no presupone un Edén, ni una Asturias idílica para los que han pasado de los 65 años. La prestación de servicios que reciben es manifiestamente mejorable.

José Luis Valladares Fernández

RELATIVISMO MORAL

Los que profesan el relativismo moral aumentan de día en día. Se trata de una enfermedad que, en la era moderna, se ha convertido en una auténtica epidemia. Los creyentes de esta nueva religión se multiplican como los hongos en plena primavera. Y su aparición, según ellos, no es casual, ni por generación espontánea. Su origen se debe, más bien, a una especie de eugenesia ideológica, determinante de una mejora intelectual considerable.

Los afectados de tamaña plaga piensan que los valores morales objetivos no existen. Carecemos, según ellos, de cualquier hito perenne que nos lleve a reconocer lo que está bien o mal. El conocimiento y los principios morales carecerán siempre de todo valor objetivo y universal, ya que, indefectiblemente, van a depender de las sucesivas y variadas opiniones o de las diversas circunstancias que afectan a las personas. Será poco menos que imposible conciliar las distintas opiniones y los diferentes puntos de vista utilizados por unos y otros.

Los adeptos al relativismo afirman, sin ambages, que no hay principio alguno filosófico, religioso y moral, que tenga carácter absoluto. Todo es relativo, y su valor dependerá siempre de las opiniones de las personas o de sus circunstancias. Lógicamente, la validez de los principios morales dependerá también del tiempo y lugar en que se produzcan. A la hora de conocer la realidad, el relativismo se transforma en agnosticismo, ya que el ser humano sería incapaz de captar la verdad objetiva. Y en el campo de la ética, nos quedamos en un simple individualismo o subjetivismo.

Para los gurús del relativismo, todas las opiniones morales tienen el mismo nivel de validez. No importa que algunas de esas opiniones sean contrarias entre sí. Para ellos, tratar de jerarquizar las ideas es completamente absurdo, pues ninguna tiene más probabilidad de ser cierta que otras. Consideran ilógico que pueda haber principios morales que sean objetivos y que tengan, a la vez, carácter universal y absoluto, de modo que sean aplicables a todos los seres humanos en cualquier circunstancia y lugar.

Según estas premisas, la verdad depende siempre del sujeto que opina y nunca del contenido de lo que se está opinando. La importancia de todo principio filosófico, religioso o moral hay que buscarlo en las personas que enjuician un principio y nunca en el contenido del principio en sí. Esto determinara el carácter excesivamente individualista o subjetivista de todo relativista confeso. El relativismo es todo un cuerpo doctrinal, en principio absurdo y bastante confuso. Tan confuso que, sus defensores, confunden fácilmente el deber de respetar a las personas que opinan y su inalienable derecho a opinar con el deber de respetar toda opinión.

Aún hay más. Piensan que la moralidad de un acto cualquiera, más que del acto en sí, depende de la sinceridad subjetiva de quien realiza la acción, independientemente de su propia conducta. El acto en si, se trate de lo que se trate, carece siempre de toda maldad intrínseca. Depende siempre de la propia honestidad del que lo ejecuta. Sus tesis, eso si, tienen, a lo que parece, carácter absoluto y universal. Y como tal han de ser aceptadas, a pesar de la contradicción que esto representa.

Muchos de estos aprendices de brujo, verdaderos catecúmenos del ateismo de nuevo cuño, adoptan esta postura, no por convicción ideológica o racional, sino por snobismo, por que creen que así son más progresistas y más modernos. Ha habido algunos que han llegado a la estulticia de pedir la apertura de un Registro de la Apostasía. No se dan cuenta que es precisamente el mundo de las creencias lo que es auténticamente personal y, como tal, debe ser respetada escrupulosamente la actitud de cada uno. Creer en algo trascendente, en algo que pueda dar sentido a nuestra vida, se debe a un don gratuito que recibe el creyente. Don que podrá transmitir libremente, pero no imponer a nadie.

Los relativistas, independientemente de las circunstancias que les haya llevado a adoptar tal postura, compiten en dogmatismo y en intransigencia hasta con los integristas islámicos, que ya es decir. Los ateos profesos más moderados pueden concederte que la divinidad es todo un misterio que nos desborda y que, en consecuencia, la existencia de Dios es algo puramente dogmático o incluso arrogante. Pero la mayoría de ellos afirman claramente que la divinidad es un invento humano, sin más sustento racional que esa aspiración innata de supervivencia que tenemos los hombres y que, a veces, nos ofusca gravemente. Y se da la increíble paradoja que estas personas son tremendamente más viscerales e intransigentes que los que creen en una realidad transcendente.

Por increíble que parezca, todos estos agnósticos y laicos se creen moralmente superiores a muchos de los fieles de las distintas confesiones religiosas. Se atreven, incluso, a reivindicar la superioridad moral del laico sobre el creyente. Imbuidos torpemente de esa supuesta superioridad, no toleran que los creyentes puedan recomendar alguna que otra orientación moral. Hay alguno que, como Gaspar Llamazares, tratan de emular al Moisés bíblico y, sin pasar por el Sinai, nos presenta los mandamientos o nuevas tablas de la ley laica.

Además, achacan a las distintas creencias religiosas los desastres más graves que, a lo largo de la historia, ha padecido la humanidad. Y citan, claro está, la Inquisición y la yihad islámica. Se olvidan de los crímenes del comunismo, llevados acabo para extirpar de raíz la religión que, según ellos, era el verdadero opio del pueblo.

No es que el ateo relativista se arrogue el hecho moral en exclusiva. Teóricamente, reconocen la igual dignidad moral de todos los seres humanos, religiosos o no. Esgrimen la tolerancia como bandera propia y exclusiva y defienden que la calidad moral de las personas es previa a su posible condición de creyente. Esa igualdad moral de las personas, según ellos, constituye el verdadero núcleo de la ética actual. De ahí que pidan a los poderes públicos la separación Iglesia-Estado e idéntico trato moral para todos los ciudadanos. Como teoría, todo esto no está mal, ya que la conciencia y el ideario de cada uno debe de ser inviolable. Para empezar, no es éticamente correcto violentar el pensar y el sentir de las personas que tenemos al lado. Cada uno es muy libre de idearse su propio mundo intelectual.

Pero los relativistas, en la práctica y respecto a las convicciones religiosas de quienes les rodean, dejan mucho que desear. Dan a entender que es más excelsa la calidad moral del pensamiento laico que la del religioso. Es más: no toleran que los creyentes manifiesten públicamente sus convicciones religiosas, y menos que obren de acuerdo con esas creencias. Hasta los simples signos que utilizan los creyentes resultan verdaderamente insoportables para ellos, y buscaran, en consecuencia, la desaparición definitiva de los mismos. Más que separación Iglesia-Estado, propugnan con verdadero ahínco la desaparición total de la Iglesia del espacio público. Al menos que no trascienda en absoluto de la conciencia privada de los posibles creyentes.

Entre los agnósticos o ateos, que carecen de fe en algo que transciende al ser humano, habrá personas moralmente correctas y que todos sus actos vendrán determinados por un juicio correcto de su propia conciencia rectamente formada. Lo mismo que, entre los creyentes, habrá también alguno que, en virtud de la debilidad humana, no actúe moralmente de acuerdo con el dictado de su conciencia. La rectitud moral de las personas depende, efectivamente, de la conciencia de cada uno y que, en consecuencia, tratemos a los que nos rodean como si fuéramos nosotros mismos. En este sentido, tenía razón I. Kant cuando escribía que la moral no necesita recurrir a la idea de un ser por encima del hombre para conocer el deber de uno mismo. Basta la misma ley, al marcarte el camino, para actuar de un modo correcto.

El fallo de los relativistas radica en que ven en la religión una especie de andaderas para la moral de los creyentes, con lo que ésta sería sumamente débil y dependiente de condicionantes ajenos. Esto determinaría que la moral de laico sea más firme y más auténtica que la del creyente, ya que la del laico no necesita de la religión, se basta a sí misma porque se sustenta básicamente en la racionalidad humana. La religión, aunque crean lo contrario, no es una simple muleta para sostener la moral de los que creen en el más allá. Es un motivo más para afianzar las convicciones morales y los principios que sustentan y conforman la propia moralidad. Los principios éticos son buenos o perversos por sí mismos. No necesitan de la aprobación o rechazo de ninguna deidad. Y, aunque parezca mentira, todo buen católico, rechazará doctrinas, pero nunca a las personas que las defiendan. Respetaran siempre, no solamente a la forma de pensar de cada persona, sino también, y sobre todo, a la misma persona en si, independientemente de cual sea su ideología.

El relativista que profesa la religión atea, en cambio, no ha sido capaz de asimilar que también el hombre que cree en un Dios transcendente, tiene el mismo derecho a ser respetado que cualquier laico y que también deben ser respetadas sus ideas y sus prácticas religiosas, lo mismo que el laico tiene el derecho de que nadie le obligue a involucrarse en ninguna de esas prácticas.

Aunque nadie obligue al ateo ni asistir a misa, ni a formar parte de sus procesiones, estos tratarán por todos los medios de desterrar todas estas manifestaciones religiosas a la más estricta intimidad. Algunos procuraran sustituir la Cruz por la hoz y el martillo y los Evangelios por las obras de Marx. Otros exigirán la desaparición y el vacío absoluto de creencias religiosas y de los signos materiales que las representan. Así, hemos llegado a constatar que, cuando se pierde la fe religiosa, se comienza a creer en otras cosas evidentemente absurdas, como es el pasar el agua, las cartas o el tarot, y otras cosas por el estilo.

José Luis Valladares Fernández