domingo, 2 de mayo de 2010

RELATIVISMO MORAL

Los que profesan el relativismo moral aumentan de día en día. Se trata de una enfermedad que, en la era moderna, se ha convertido en una auténtica epidemia. Los creyentes de esta nueva religión se multiplican como los hongos en plena primavera. Y su aparición, según ellos, no es casual, ni por generación espontánea. Su origen se debe, más bien, a una especie de eugenesia ideológica, determinante de una mejora intelectual considerable.

Los afectados de tamaña plaga piensan que los valores morales objetivos no existen. Carecemos, según ellos, de cualquier hito perenne que nos lleve a reconocer lo que está bien o mal. El conocimiento y los principios morales carecerán siempre de todo valor objetivo y universal, ya que, indefectiblemente, van a depender de las sucesivas y variadas opiniones o de las diversas circunstancias que afectan a las personas. Será poco menos que imposible conciliar las distintas opiniones y los diferentes puntos de vista utilizados por unos y otros.

Los adeptos al relativismo afirman, sin ambages, que no hay principio alguno filosófico, religioso y moral, que tenga carácter absoluto. Todo es relativo, y su valor dependerá siempre de las opiniones de las personas o de sus circunstancias. Lógicamente, la validez de los principios morales dependerá también del tiempo y lugar en que se produzcan. A la hora de conocer la realidad, el relativismo se transforma en agnosticismo, ya que el ser humano sería incapaz de captar la verdad objetiva. Y en el campo de la ética, nos quedamos en un simple individualismo o subjetivismo.

Para los gurús del relativismo, todas las opiniones morales tienen el mismo nivel de validez. No importa que algunas de esas opiniones sean contrarias entre sí. Para ellos, tratar de jerarquizar las ideas es completamente absurdo, pues ninguna tiene más probabilidad de ser cierta que otras. Consideran ilógico que pueda haber principios morales que sean objetivos y que tengan, a la vez, carácter universal y absoluto, de modo que sean aplicables a todos los seres humanos en cualquier circunstancia y lugar.

Según estas premisas, la verdad depende siempre del sujeto que opina y nunca del contenido de lo que se está opinando. La importancia de todo principio filosófico, religioso o moral hay que buscarlo en las personas que enjuician un principio y nunca en el contenido del principio en sí. Esto determinara el carácter excesivamente individualista o subjetivista de todo relativista confeso. El relativismo es todo un cuerpo doctrinal, en principio absurdo y bastante confuso. Tan confuso que, sus defensores, confunden fácilmente el deber de respetar a las personas que opinan y su inalienable derecho a opinar con el deber de respetar toda opinión.

Aún hay más. Piensan que la moralidad de un acto cualquiera, más que del acto en sí, depende de la sinceridad subjetiva de quien realiza la acción, independientemente de su propia conducta. El acto en si, se trate de lo que se trate, carece siempre de toda maldad intrínseca. Depende siempre de la propia honestidad del que lo ejecuta. Sus tesis, eso si, tienen, a lo que parece, carácter absoluto y universal. Y como tal han de ser aceptadas, a pesar de la contradicción que esto representa.

Muchos de estos aprendices de brujo, verdaderos catecúmenos del ateismo de nuevo cuño, adoptan esta postura, no por convicción ideológica o racional, sino por snobismo, por que creen que así son más progresistas y más modernos. Ha habido algunos que han llegado a la estulticia de pedir la apertura de un Registro de la Apostasía. No se dan cuenta que es precisamente el mundo de las creencias lo que es auténticamente personal y, como tal, debe ser respetada escrupulosamente la actitud de cada uno. Creer en algo trascendente, en algo que pueda dar sentido a nuestra vida, se debe a un don gratuito que recibe el creyente. Don que podrá transmitir libremente, pero no imponer a nadie.

Los relativistas, independientemente de las circunstancias que les haya llevado a adoptar tal postura, compiten en dogmatismo y en intransigencia hasta con los integristas islámicos, que ya es decir. Los ateos profesos más moderados pueden concederte que la divinidad es todo un misterio que nos desborda y que, en consecuencia, la existencia de Dios es algo puramente dogmático o incluso arrogante. Pero la mayoría de ellos afirman claramente que la divinidad es un invento humano, sin más sustento racional que esa aspiración innata de supervivencia que tenemos los hombres y que, a veces, nos ofusca gravemente. Y se da la increíble paradoja que estas personas son tremendamente más viscerales e intransigentes que los que creen en una realidad transcendente.

Por increíble que parezca, todos estos agnósticos y laicos se creen moralmente superiores a muchos de los fieles de las distintas confesiones religiosas. Se atreven, incluso, a reivindicar la superioridad moral del laico sobre el creyente. Imbuidos torpemente de esa supuesta superioridad, no toleran que los creyentes puedan recomendar alguna que otra orientación moral. Hay alguno que, como Gaspar Llamazares, tratan de emular al Moisés bíblico y, sin pasar por el Sinai, nos presenta los mandamientos o nuevas tablas de la ley laica.

Además, achacan a las distintas creencias religiosas los desastres más graves que, a lo largo de la historia, ha padecido la humanidad. Y citan, claro está, la Inquisición y la yihad islámica. Se olvidan de los crímenes del comunismo, llevados acabo para extirpar de raíz la religión que, según ellos, era el verdadero opio del pueblo.

No es que el ateo relativista se arrogue el hecho moral en exclusiva. Teóricamente, reconocen la igual dignidad moral de todos los seres humanos, religiosos o no. Esgrimen la tolerancia como bandera propia y exclusiva y defienden que la calidad moral de las personas es previa a su posible condición de creyente. Esa igualdad moral de las personas, según ellos, constituye el verdadero núcleo de la ética actual. De ahí que pidan a los poderes públicos la separación Iglesia-Estado e idéntico trato moral para todos los ciudadanos. Como teoría, todo esto no está mal, ya que la conciencia y el ideario de cada uno debe de ser inviolable. Para empezar, no es éticamente correcto violentar el pensar y el sentir de las personas que tenemos al lado. Cada uno es muy libre de idearse su propio mundo intelectual.

Pero los relativistas, en la práctica y respecto a las convicciones religiosas de quienes les rodean, dejan mucho que desear. Dan a entender que es más excelsa la calidad moral del pensamiento laico que la del religioso. Es más: no toleran que los creyentes manifiesten públicamente sus convicciones religiosas, y menos que obren de acuerdo con esas creencias. Hasta los simples signos que utilizan los creyentes resultan verdaderamente insoportables para ellos, y buscaran, en consecuencia, la desaparición definitiva de los mismos. Más que separación Iglesia-Estado, propugnan con verdadero ahínco la desaparición total de la Iglesia del espacio público. Al menos que no trascienda en absoluto de la conciencia privada de los posibles creyentes.

Entre los agnósticos o ateos, que carecen de fe en algo que transciende al ser humano, habrá personas moralmente correctas y que todos sus actos vendrán determinados por un juicio correcto de su propia conciencia rectamente formada. Lo mismo que, entre los creyentes, habrá también alguno que, en virtud de la debilidad humana, no actúe moralmente de acuerdo con el dictado de su conciencia. La rectitud moral de las personas depende, efectivamente, de la conciencia de cada uno y que, en consecuencia, tratemos a los que nos rodean como si fuéramos nosotros mismos. En este sentido, tenía razón I. Kant cuando escribía que la moral no necesita recurrir a la idea de un ser por encima del hombre para conocer el deber de uno mismo. Basta la misma ley, al marcarte el camino, para actuar de un modo correcto.

El fallo de los relativistas radica en que ven en la religión una especie de andaderas para la moral de los creyentes, con lo que ésta sería sumamente débil y dependiente de condicionantes ajenos. Esto determinaría que la moral de laico sea más firme y más auténtica que la del creyente, ya que la del laico no necesita de la religión, se basta a sí misma porque se sustenta básicamente en la racionalidad humana. La religión, aunque crean lo contrario, no es una simple muleta para sostener la moral de los que creen en el más allá. Es un motivo más para afianzar las convicciones morales y los principios que sustentan y conforman la propia moralidad. Los principios éticos son buenos o perversos por sí mismos. No necesitan de la aprobación o rechazo de ninguna deidad. Y, aunque parezca mentira, todo buen católico, rechazará doctrinas, pero nunca a las personas que las defiendan. Respetaran siempre, no solamente a la forma de pensar de cada persona, sino también, y sobre todo, a la misma persona en si, independientemente de cual sea su ideología.

El relativista que profesa la religión atea, en cambio, no ha sido capaz de asimilar que también el hombre que cree en un Dios transcendente, tiene el mismo derecho a ser respetado que cualquier laico y que también deben ser respetadas sus ideas y sus prácticas religiosas, lo mismo que el laico tiene el derecho de que nadie le obligue a involucrarse en ninguna de esas prácticas.

Aunque nadie obligue al ateo ni asistir a misa, ni a formar parte de sus procesiones, estos tratarán por todos los medios de desterrar todas estas manifestaciones religiosas a la más estricta intimidad. Algunos procuraran sustituir la Cruz por la hoz y el martillo y los Evangelios por las obras de Marx. Otros exigirán la desaparición y el vacío absoluto de creencias religiosas y de los signos materiales que las representan. Así, hemos llegado a constatar que, cuando se pierde la fe religiosa, se comienza a creer en otras cosas evidentemente absurdas, como es el pasar el agua, las cartas o el tarot, y otras cosas por el estilo.

José Luis Valladares Fernández

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